Gobernanza inteligente

Gobernanza digital en las ciudades inteligentes

Las ciudades inteligentes suelen presentarse a través de imágenes futuristas de vehículos autónomos, edificios repletos de sensores y salas de control llenas de pantallas luminosas. Sin embargo, la forma más útil de gobernanza digital suele ser mucho menos llamativa. Se trata de la tecnología que te indica cuándo llegará el próximo autobús, ajusta los semáforos antes de que un cruce se colapse, detecta una tubería con fugas o permite hacer un seguimiento de una solicitud de licencia urbanística sin tener que acudir varias veces al ayuntamiento.

A medida que las ciudades invierten cada vez más en infraestructura digital, la cuestión fundamental ya no es si los servicios urbanos deben utilizar la tecnología, sino si esas inversiones facilitan de forma cuantificable la vida cotidiana, protegen los datos de los residentes y aportan un valor suficiente como para justificar su coste.

Empieza por el problema, no por la tecnología

Una ciudad no se convierte en inteligente simplemente instalando sensores o lanzando una aplicación. Los proyectos de ciudades inteligentes más sólidos parten de un problema concreto: un transporte público poco fiable, un consumo energético excesivo, trámites administrativos lentos, mala calidad del aire o una recogida de residuos que no se ajusta a la demanda real.

La gobernanza digital es el sistema que sustenta estos servicios. Determina cómo se recopila la información, quién puede utilizarla, cómo la comparten los distintos departamentos y qué ocurre cuando una decisión automatizada da un resultado erróneo. Esto es lo que distingue un servicio público útil de una costosa demostración tecnológica.

Para los residentes, la diferencia puede ser muy práctica. Una autoridad de transporte podría combinar la ubicación en tiempo real de los vehículos, el número de pasajeros y el estado de las carreteras para mejorar los horarios de los autobuses. Un ayuntamiento puede utilizar datos sobre los edificios para identificar por dónde se producen pérdidas de calor en las viviendas públicas. Los sistemas digitales de tramitación de permisos pueden reducir el tiempo necesario para abrir un comercio, reformar una propiedad o solicitar ayudas locales.

La tecnología es importante, pero la gobernanza que hay detrás lo es aún más. Sin normas comunes, una titularidad clara y una administración competente, las ciudades corren el riesgo de adquirir sistemas independientes que no pueden comunicarse entre sí. La OCDE ha señalado en repetidas ocasiones que los silos de datos fragmentados y la limitada interoperabilidad constituyen obstáculos importantes para el desarrollo satisfactorio de las ciudades inteligentes.

Lo que los residentes deberían fijarse realmente

Los mejores servicios digitales suelen pasar desapercibidos en la vida cotidiana. No debería ser necesario comprender la plataforma subyacente para beneficiarse de un trayecto más corto al trabajo, un servicio de recogida de residuos más fiable o una única cuenta en línea para los servicios municipales.

La movilidad suele ser el punto de partida más visible. La información en tiempo real sobre el transporte, los sistemas integrados de venta de billetes y de gestión del tráfico pueden ayudar a las ciudades a utilizar de forma más eficiente las carreteras y el transporte público existentes. Esto no significa necesariamente sustituir la infraestructura convencional por tecnología autónoma. En muchos lugares, coordinar los semáforos, publicar datos fiables sobre los autobuses y facilitar los sistemas de pago aportaría un valor más inmediato.

La energía y el mantenimiento constituyen otro caso de uso práctico. Los sensores pueden indicar cuándo es necesario encender el alumbrado público, detectar un consumo de agua anómalo o avisar de posibles averías en la maquinaria antes de que se produzcan. Si se implementa correctamente, esto permite a una ciudad pasar del mantenimiento programado a la intervención selectiva, lo que podría reducir el desperdicio y evitar reparaciones más costosas.

Las herramientas de planificación digital también pueden facilitar la comprensión de las decisiones en materia de desarrollo urbano. Los vecinos pueden consultar los proyectos propuestos, enviar comentarios y ver cómo podría cambiar un barrio antes de que comience la construcción. Por su parte, las empresas se benefician de unos procesos de concesión de licencias más claros y de un acceso más predecible a los datos públicos.

Ninguna de estas aplicaciones es especialmente llamativa. Y, en parte, esa es precisamente la idea. Una ciudad inteligente debe juzgarse por la fiabilidad de sus servicios, no por el número de tecnologías que se mencionan en su estrategia.

A dónde va a parar el dinero

La digitalización urbana se está convirtiendo en un importante mercado de infraestructuras que abarca los servicios en la nube, la ciberseguridad, las telecomunicaciones, los sensores, la gestión energética, el software de transporte y los servicios profesionales. Para las empresas tecnológicas y los inversores en infraestructuras, las ciudades pueden ofrecer una demanda a largo plazo respaldada por el crecimiento demográfico y la necesidad constante de modernizar los servicios públicos.

Las Naciones Unidas prevén que la población mundial se urbanice cada vez más de aquí a 2050. Esto significa que se espera que las ciudades acojan a más habitantes, al tiempo que gestionan la presión sobre la vivienda, el transporte, los servicios públicos y la administración pública. Por lo tanto, los sistemas digitales están pasando de formar parte de presupuestos de innovación discrecionales a integrarse en la planificación general de las infraestructuras.

Esto genera oportunidades, pero la contratación pública municipal rara vez es sencilla. Los ciclos de venta pueden ser largos, los presupuestos son un tema políticamente delicado y, a menudo, los contratos deben cumplir normas en materia de transparencia, protección de datos y rendición de cuentas pública. Un producto técnicamente impresionante puede fracasar si resulta difícil de integrar con los sistemas existentes o si requiere conocimientos técnicos de los que el ayuntamiento carece.

Es probable que las oportunidades comerciales más sólidas sean aquellas vinculadas a una necesidad operativa concreta, en lugar de a una vaga etiqueta de «ciudad inteligente». La iluminación eficiente desde el punto de vista energético, con un ahorro cuantificable; los servicios de ciberseguridad que protegen las infraestructuras esenciales; y los sistemas de transporte con objetivos de rendimiento claros son más fáciles de evaluar que las plataformas generales que prometen transformar toda una ciudad de una sola vez.

Para los inversores y los proveedores, los ingresos recurrentes pueden proceder de licencias de software, mantenimiento, análisis y actualizaciones del sistema. Sin embargo, la dependencia de un único proveedor puede convertirse en un grave motivo de preocupación para las autoridades públicas. Los contratos que hacen que resulte prohibitivamente caro trasladar los datos o cambiar de proveedor pueden generar beneficios económicos atractivos a corto plazo para el proveedor, al tiempo que dejan a la ciudad con un sistema inflexible y cada vez más costoso.

Por qué cosas merece la pena pagar

El argumento más sólido a favor de la inversión se da cuando una ciudad es capaz de definir el problema relacionado con el servicio, establecer una referencia y evaluar si la tecnología lo mejora.

La ciberseguridad es un ámbito en el que resulta difícil justificar el ahorro a costa de la calidad. Las redes de transporte, los sistemas de pago, los servicios de emergencia y los servicios públicos pueden volverse vulnerables a medida que aumenta el número de dispositivos conectados. La seguridad no puede añadirse como una capa final una vez que el sistema está en funcionamiento; debe integrarse desde el principio en la adquisición, los controles de acceso, la formación del personal y la planificación ante incidentes.

La interoperabilidad es igualmente importante. Un sistema propietario más barato puede parecer atractivo durante la licitación inicial, pero resultar caro si no puede intercambiar información con otros departamentos o con futuros servicios. Los estándares abiertos y unos acuerdos claros para la transferencia de datos pueden reducir el riesgo de dependencia tecnológica.

Unos sistemas de identidad digital y de pago fiables también pueden justificar una inversión significativa cuando simplifican el acceso a múltiples servicios, en lugar de añadir otro inicio de sesión independiente. La ventaja es mayor cuando los residentes pueden completar todo un trámite en línea, y no solo enviar un formulario que luego se imprime y se tramita manualmente en la administración.

La calidad de los datos merece más atención de la que suele recibir. La inteligencia artificial no puede compensar los registros incompletos, obsoletos o recopilados de forma inconsistente. Antes de invertir en plataformas predictivas, las ciudades podrían obtener mejores resultados mejorando las bases de datos básicas, definiendo las responsabilidades en su mantenimiento y formando a los empleados para que utilicen la información de forma adecuada.

Lo que puede estar sobrevalorizado

Un panel de control que abarque toda la ciudad puede dar la impresión de que todo se supervisa y gestiona en tiempo real. Puede resultar útil para coordinar los servicios, pero no es prueba de que dichos servicios estén mejorando. Una interfaz bien diseñada puede ocultar datos de mala calidad y una gestión fragmentada.

Los proyectos piloto son otra trampa habitual. Es relativamente fácil anunciar pequeños ensayos, sobre todo cuando un socio tecnológico aporta financiación o equipamiento. La fase difícil consiste en ampliar el proyecto a toda la ciudad, integrarlo en las operaciones habituales y sufragar su mantenimiento una vez finalizado el programa inicial.

No todos los servicios necesitan inteligencia artificial. Si un sencillo sistema de programación, un conjunto de datos abierto o un proceso de reserva en línea pueden resolver el problema, un modelo más complejo podría suponer un coste adicional y reducir la transparencia sin ofrecer un resultado mejor.

Las ciudades también deben actuar con cautela a la hora de recopilar información simplemente porque la tecnología lo permite. Los sensores de afluencia pueden ser útiles para la planificación del transporte o de las calles, pero el reconocimiento facial o el seguimiento de la ubicación con gran detalle suscitan un nivel de preocupación diferente. El criterio debe ser si la información es realmente necesaria, proporcionada al problema y está protegida contra usos secundarios que los residentes no esperaran razonablemente.

La pregunta que hay que plantearse sobre la privacidad

Antes de utilizar una aplicación municipal o un servicio conectado, conviene comprobar qué información solicita. ¿Es necesario que una aplicación de aparcamiento tenga acceso continuo a tu ubicación? ¿Se puede utilizar una cuenta sin compartir datos para análisis ajenos al servicio? ¿Existe alguna alternativa no digital para quienes no dispongan de un teléfono adecuado o de una cuenta bancaria?

Aunque puedan parecer cuestiones que atañen a cada consumidor en particular, en su conjunto determinan si se confía en la gobernanza digital. La OCDE recomienda una supervisión clara de la privacidad y la seguridad, normas transparentes para el uso de los datos y, cuando proceda, formas prácticas para que los residentes puedan optar por no participar.

El consentimiento puede resultar complicado en una ciudad. Las personas pueden optar por no descargar una aplicación, pero es más difícil evitar una cámara, un sensor ambiental o un sistema automatizado que funcione en un lugar público. Esto hace que la explicación pública y el control democrático cobren especial importancia.

Una ciudad responsable debería poder explicar qué datos recopila, por qué los necesita, cuánto tiempo los conserva y qué organismos pueden acceder a ellos. Los ciudadanos también deberían saber cómo impugnar una decisión automatizada y ponerse en contacto con un funcionario cuando algo vaya mal.

«Inteligente» no debería significar «solo digital»

Los servicios digitales pueden ahorrar tiempo a las personas que se sienten cómodas utilizando Internet, pero también pueden crear nuevas barreras. Los residentes de más edad, las personas con discapacidad, quienes carecen de un acceso fiable a Internet y cualquier persona con dificultades lingüísticas o de alfabetización pueden verse en desventaja si los servicios presenciales y telefónicos desaparecen demasiado rápido.

Por lo tanto, una gobernanza digital inclusiva requiere algo más que una página web accesible. Puede implicar puntos de atención asistida, un lenguaje sencillo, compatibilidad con lectores de pantalla y la posibilidad de realizar los trámites esenciales en persona. Un sistema que reduzca los costes administrativos trasladando todas las dificultades al ciudadano no constituye una mejora auténtica.

Esto también tiene implicaciones económicas. Los gobiernos suelen dar por sentado que la digitalización generará un ahorro inmediato gracias a la reducción de plantilla. En la práctica, es posible que las ciudades tengan que gestionar simultáneamente los canales digitales y los convencionales, sobre todo durante la fase de transición. Quizá el mejor argumento a favor de la inversión sea la mejora de la calidad del servicio y la reducción de errores, en lugar de una promesa poco realista de reducción inmediata de costes.

Una prueba útil en tres partes

Antes de que una ciudad destine una cantidad considerable de fondos públicos a un proyecto digital, hay tres preguntas que pueden servir como punto de partida útil.

En primer lugar, ¿qué problema concreto resolverá el sistema y cómo se medirá la mejora? Un proyecto de transporte podría evaluarse en función de los tiempos de trayecto y la fiabilidad, mientras que un proyecto energético debería demostrar reducciones reales en el consumo o en los costes.

En segundo lugar, ¿qué ocurrirá con los datos? El contrato debe especificar la titularidad, el almacenamiento, la seguridad, los usos permitidos y cómo se puede transferir la información en caso de que cambie el proveedor.

En tercer lugar, ¿a quiénes podría excluir o perjudicar? Esto incluye tanto a las personas que no pueden utilizar el servicio digital como a los residentes afectados por datos inexactos, decisiones automatizadas sesgadas o una vigilancia excesiva.

No se trata de un marco de contratación público completo, pero ayuda a distinguir entre las infraestructuras con una finalidad concreta y la tecnología adquirida principalmente para ganar visibilidad política.

¿Tendrá futuro el modelo de ciudad inteligente?

Es posible que la expresión “ciudad inteligente” acabe pasando de moda a medida que los sistemas digitales se conviertan en una parte habitual de la administración urbana. Sin embargo, es poco probable que la inversión subyacente desaparezca. Las ciudades seguirán necesitando mejor información, infraestructuras más eficientes y servicios públicos capaces de responder al crecimiento demográfico, a los riesgos climáticos y a unos presupuestos más ajustados.

Es probable que la inteligencia artificial adquiera un papel más importante a la hora de predecir las necesidades de mantenimiento, analizar la movilidad y facilitar la planificación. No obstante, la OCDE advierte de que su valor dependerá de que existan mecanismos claros de gobernanza, interoperabilidad y gestión de riesgos, y no solo de la capacidad técnica.

Para los ciudadanos, la versión más satisfactoria de la gobernanza digital no les dará la sensación de estar viviendo en medio de un experimento tecnológico. Significará menos retrasos evitables, una información más clara y unos servicios que funcionen sin exigir datos personales innecesarios. Para las empresas y los inversores, las mejores oportunidades serán aquellas que resuelvan estos problemas concretos y, al mismo tiempo, acepten los estándares más exigentes de rendición de cuentas que conlleva la infraestructura pública.

Una ciudad verdaderamente inteligente no es aquella que cuenta con el mayor número de dispositivos conectados, sino aquella que utiliza la tecnología de forma selectiva, es capaz de demostrar en qué se ha invertido el dinero y rinde cuentas ante las personas cuyas vidas se están monitorizando. El potencial comercial es considerable, pero el valor a largo plazo dependerá de que las ciudades se tomen tan en serio la inversión en una buena gobernanza como la inversión en software.