Sistemas de datos urbanos

Por qué las ciudades más pequeñas se están convirtiendo en el nuevo centro neurálgico de los centros de datos de Europa

Foto de Valeriia Bilousova (@cdr_skyler) en Unsplash

La propuesta de un centro de datos puede presentarse ante un ayuntamiento de una ciudad pequeña como la oportunidad de inversión de toda una generación. El proyecto puede tener un coste de varios miles de millones de euros, prometer un lugar en la creciente economía europea de la inteligencia artificial y convertir un polígono industrial olvidado en una infraestructura de importancia internacional. Sin embargo, la cifra de la inversión dice sorprendentemente poco sobre lo que el proyecto aportará a la ciudad que lo rodea.

El panorama de los centros de datos en Europa está empezando a ir más allá de Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dublín. Estos mercados consolidados siguen siendo importantes, pero el acceso al suelo y a la electricidad se ha vuelto cada vez más limitado. Las grandes instalaciones pueden requerir cientos de megavatios de capacidad de conexión, mientras que los emplazamientos adecuados también deben ofrecer redes de fibra óptica resistentes, un proceso de concesión de permisos fiable y espacio físico suficiente para una futura expansión.

Esa combinación resulta cada vez más difícil de conseguir en las grandes áreas metropolitanas. Por ello, los promotores se están fijando en ciudades más pequeñas, regiones industriales y zonas periféricas de las áreas metropolitanas, donde es más fácil encontrar terrenos disponibles y donde las conexiones a la red eléctrica pueden llevarse a cabo en un plazo comercialmente viable.

Para las administraciones locales, esto supone una oportunidad sin precedentes. Las ciudades más pequeñas, que durante años han competido por atraer fábricas, centros logísticos y sedes corporativas, ahora están en el punto de mira para albergar algunas de las infraestructuras digitales más valiosas de Europa. Sin embargo, los municipios que se beneficien serán aquellos que comprendan lo que se les pide que acojan y que negocien en consecuencia.

La IA está cambiando lo que los desarrolladores esperan de una ubicación

Los centros de datos tradicionales solían construirse cerca de los principales centros de negocios y puntos de intercambio de Internet, ya que la velocidad y la proximidad a los usuarios eran factores fundamentales. La inteligencia artificial está cambiando en parte ese cálculo.

El entrenamiento de grandes modelos de IA implica enormes cargas de trabajo computacionales, pero gran parte de este procesamiento no tiene por qué realizarse en el centro de Fráncfort ni en ningún otro centro digital consolidado. Cuando la latencia no es un factor tan crítico, los desarrolladores tienen mayor libertad para ubicar la capacidad computacional cerca de las fuentes de electricidad disponibles, de la generación de energía renovable y de los grandes centros de desarrollo.

El resultado es un nuevo tipo de proyecto que se asemeja tanto a la infraestructura industrial como a los inmuebles comerciales. En Alemania, los planes anunciados en 2026 incluyen una instalación de hasta 200 megavatios en Hamm, otro proyecto de 200 megavatios en Lübbenau y un proyecto en Rackwitz que podría alcanzar finalmente los 500 megavatios. No se trata de salas de servidores anexas a edificios de oficinas. Sus necesidades energéticas pueden ser comparables a las de grandes operaciones industriales.

Es probable que la demanda continúe. Bitkom prevé que la proporción de la capacidad de los centros de datos alemanes dedicada a la IA aumente de aproximadamente el 15 % al 40 % para 2030. Al mismo tiempo, la migración a la nube sigue avanzando, lo que lleva a los operadores a buscar emplazamientos que puedan albergar tanto una mayor capacidad como una mayor densidad de cálculo.

Las ciudades más pequeñas pueden ofrecer el terreno, pero el terreno por sí solo rara vez es la ventaja decisiva. El recurso escaso es, cada vez más, la electricidad: no solo el acceso a una línea eléctrica, sino una conexión confirmada capaz de dar soporte al proyecto en un plazo aceptable. En Fráncfort, el tiempo de espera para una conexión de gran envergadura puede superar la década. Por lo tanto, una ciudad regional bien situada y con capacidad de red disponible puede resultar más atractiva que un mercado de centros de datos reconocido internacionalmente.

Una gran inversión no garantiza una economía local fuerte

La magnitud del presupuesto de construcción puede acaparar el debate político. Un proyecto por valor de varios miles de millones de euros resulta fácil de presentar como un gran avance económico, sobre todo en una región que busca nuevas inversiones tras el declive de las industrias tradicionales.

El impacto a nivel local es más complejo. Los centros de datos generan una actividad considerable durante su construcción y requieren personal especializado una vez que entran en funcionamiento, pero no crean empleo permanente a la escala de una planta de automoción o un gran complejo industrial. Además, es posible que muchos de los contratos de mayor valor se adjudiquen a empresas con sede en otros lugares.

Esto no significa que un centro de datos sea una mala inversión para la ciudad anfitriona. Lo que sí significa es que los responsables municipales deberían evaluar el proyecto desde una perspectiva diferente. Las cuestiones relevantes se refieren a los ingresos fiscales, las obligaciones en materia de infraestructuras, el uso del suelo, el suministro energético, la demanda de agua y los servicios que pueden desarrollarse en torno a las instalaciones.

Una ciudad que apruebe la construcción de un centro de datos sin un plan económico más amplio puede acabar contando con un edificio impresionante, pero con una integración relativamente escasa en la economía local. Un ayuntamiento más ambicioso puede aprovechar la inversión para atraer a proveedores de servicios en la nube, empresas de ciberseguridad, empresas de mantenimiento técnico, colaboraciones en materia de investigación y programas de formación. Una infraestructura digital fiable también puede reforzar las posibilidades de la ciudad a la hora de competir por otras empresas de alto contenido tecnológico.

Ninguna de estas ventajas se producirá de forma automática. Dependen de las decisiones que se tomen durante la selección de la ubicación, la planificación y la negociación, a menudo años antes de que se instalen los primeros servidores.

La electricidad debe considerarse un recurso urbano estratégico

La llegada de un gran centro de datos no solo transforma una zona de desarrollo, sino que puede afectar a toda la estrategia energética de la ciudad.

Es posible que también se necesite esa misma capacidad de la red para nuevas viviendas, la electrificación del transporte público, las bombas de calor, la recarga de vehículos eléctricos y la descarbonización de la industria local. Por lo tanto, destinar cientos de megavatios a una sola instalación no es una decisión técnica rutinaria. Determina qué otros proyectos podrán conectarse, con qué rapidez y a qué coste.

Los departamentos de urbanismo municipales y los operadores de la red eléctrica no siempre han colaborado lo suficiente para gestionar esta competencia. La expansión de la infraestructura de inteligencia artificial hace que esa separación sea cada vez más insostenible. Las ciudades que estén considerando la posibilidad de instalar centros de datos necesitan un mapa compartido de la capacidad disponible, los refuerzos previstos en la red eléctrica y la demanda futura de otros sectores.

Los promotores pueden contribuir a crear un sistema más resiliente mediante el uso de baterías, la generación renovable in situ y acuerdos de suministro eléctrico flexibles. Es posible que los centros de datos puedan reducir la demanda durante los periodos de sobrecarga de la red o utilizar sistemas de respaldo para prestar servicios de equilibrio. Sin embargo, estas afirmaciones requieren un análisis detallado, ya que la flexibilidad teórica no equivale a un compromiso operativo vinculante.

El ayuntamiento debería saber cuánta electricidad necesitará la instalación en cada fase de su desarrollo, qué mejoras de la red eléctrica serán necesarias, quién las financiará y qué ocurrirá si la instalación se amplía. Sin esa información, el ayuntamiento podría aprobar un proyecto cuyas consecuencias más amplias para las infraestructuras siguen sin estar claras.

El calor residual puede ser valioso, pero solo si hay alguien que pueda aprovecharlo

Los promotores de centros de datos presentan cada vez más la recuperación del calor residual como parte de su argumento a favor de la sostenibilidad. El principio resulta atractivo: los servidores generan calor, que puede redirigirse a viviendas, edificios públicos o procesos industriales, en lugar de liberarse al medio ambiente.

En la práctica, el valor de ese calor depende de la ubicación. Una instalación situada lejos de una red de calefacción urbana no puede convertirse en una fuente de calor urbana simplemente porque exista la tecnología. La temperatura del calor recuperado, la distancia a los posibles clientes, la demanda a lo largo del año y el coste de las bombas de calor y las tuberías influyen en la viabilidad comercial del sistema.

Por lo tanto, la reutilización del calor debe planificarse antes de la construcción del centro de datos. El ayuntamiento, la empresa de suministro energético y el operador deben identificar a los posibles usuarios, calcular la inversión necesaria y acordar quién asumirá el riesgo financiero y operativo. Reservar una posible conexión para una red futura aún por determinar no equivale a suministrar calor aprovechable.

Aquí es donde las ciudades más pequeñas pueden tener una ventaja. Es posible que los antiguos emplazamientos industriales ya se encuentren cerca de infraestructuras energéticas, de usuarios comerciales de calor o de barrios adecuados para la calefacción urbana. Una ciudad también puede coordinar el calendario de construcción de los centros de datos con los proyectos de construcción de viviendas, los edificios municipales o la reconversión de una red de calefacción ya existente.

De este modo, el proyecto pasa a formar parte de un sistema energético urbano, en lugar de ser un consumidor aislado conectado a la red.

El agua y la tierra requieren el mismo nivel de escrutinio

Aunque la electricidad acapara la mayor parte de la atención, la refrigeración también puede generar una demanda de agua considerable. La cantidad varía considerablemente en función del clima, la tecnología y el modelo de funcionamiento, lo que hace que las garantías generales sobre la eficiencia resulten insuficientes. Las ciudades necesitan estimaciones específicas para cada proyecto que muestren el consumo previsto en condiciones climáticas normales y extremas.

Esto reviste especial importancia en regiones que ya sufren presión sobre sus recursos hídricos. Los objetivos de sostenibilidad de una empresa tecnológica no eximen al ayuntamiento de la responsabilidad de analizar cómo interactuará la instalación con los hogares, la agricultura y la industria local durante las sequías o las olas de calor.

El uso del suelo plantea otra disyuntiva. Los centros de datos requieren emplazamientos amplios y seguros, y pueden generar una actividad limitada a pie de calle. Si se ubican sin la debida consideración, pueden ocupar terrenos urbanos valiosos que podrían haberse destinado a viviendas, a proyectos de uso mixto o a la creación de empleo para un mayor número de trabajadores locales.

Las zonas industriales, los terrenos abandonados y las áreas que ya cuentan con infraestructura eléctrica suelen ser más adecuadas que aquellas ubicaciones que interrumpen los barrios residenciales o ocupan terrenos céntricos, que son escasos. La arquitectura y el paisajismo siguen siendo importantes: una gran instalación sin ventanas, rodeada de vallas y generadores, puede marcar el aspecto del barrio circundante durante décadas.

Las ciudades necesitan su propia estrategia en materia de centros de datos

El equilibrio de poder puede parecer que favorece al promotor, sobre todo cuando varias regiones compiten por la misma inversión. Sin embargo, los operadores también necesitan apoyo político, una planificación previsible y seguridad a largo plazo. Una ciudad que ya haya definido sus expectativas puede resultar más atractiva que otra que prometa rapidez pero carezca de una postura coordinada.

Una estrategia municipal sobre centros de datos debería establecer dónde es adecuado ubicar las instalaciones, cómo se evaluarán los proyectos y qué aportaciones locales se esperan. Debería aunar a los servicios de planificación, desarrollo económico, energía, agua, protección del medio ambiente y servicios de emergencia, en lugar de dejar la decisión en manos de un único departamento.

La estrategia también debe distinguir entre los distintos tipos de instalaciones. Un centro regional de nube, un campus de formación en inteligencia artificial y un centro de datos periférico cumplen funciones diferentes y plantean exigencias distintas a la ciudad. Considerarlos como una sola categoría impide realizar una evaluación significativa de sus costes y beneficios.

La comunicación pública debería comenzar antes de que un proyecto llegue a la fase de aprobación definitiva. Los vecinos tienden a desconfiar más de un proyecto urbanístico cuando sus beneficios se describen en términos abstractos, mientras que su consumo eléctrico, sus necesidades de agua y su envergadura física siguen siendo difíciles de determinar. Las cifras transparentes y los compromisos vinculantes constituyen argumentos más sólidos que las promesas de sumarse al futuro digital.

Fráncfort y los demás mercados importantes de centros de datos de Europa no perderán su relevancia. Su conectividad, sus conocimientos técnicos y sus ecosistemas consolidados no pueden reproducirse sin más en otros lugares. Sin embargo, la próxima fase de crecimiento estará más dispersa geográficamente, impulsada por la búsqueda de terrenos, energía y un desarrollo más rápido.

Este cambio otorga a las ciudades más pequeñas una posición que rara vez han ocupado en la economía tecnológica. Ya no compiten únicamente por atraer inversiones, sino que pueden contribuir a definir cómo debe ser una infraestructura digital responsable. La oportunidad es considerable, pero el mejor resultado no será para la ciudad que ofrezca el terreno más barato o la aprobación más rápida. Será para la ciudad que sepa qué condiciones establecer antes de que lleguen los servidores.