Ciudades preparadas para el cambio climático

Cómo están creando las ciudades una defensa digital contra el calor extremo

Foto de Aaliya Wahab (@aaliya_98) en Unsplash

A ciudad Se puede saber que se avecina una ola de calor y, aun así, no llegar a comprender dónde será mayor el peligro. Una previsión meteorológica puede anunciar 38 °C en toda el área metropolitana, pero las condiciones a pie de calle pueden variar considerablemente. Un barrio cuenta con árboles maduros, aceras con sombra y edificios que irradian calor tras la puesta de sol. En otro predominan los tejados oscuros, el asfalto, las paradas de autobús al aire libre y las viviendas antiguas que retienen el calor durante toda la noche.

Por lo tanto, el calor extremo se ha convertido en un problema de cartografía, predicción y gestión operativa, además de ser un problema meteorológico. Los ayuntamientos necesitan saber qué calles resultarán incómodas, qué edificios pueden volverse peligrosos, dónde es probable que falle la infraestructura de transporte y qué residentes tienen menos opciones para protegerse del calor. Las estaciones meteorológicas convencionales no pueden proporcionar ese nivel de detalle por sí solas.

Las ciudades están respondiendo con imágenes por satélite, sensores de temperatura locales, gemelos digitales, inteligencia artificial y sistemas de alerta móvil. Estas herramientas pueden revelar diferencias térmicas entre distintos barrios, simular el efecto de la plantación de nuevos árboles o de tejados reflectantes, y ayudar a los equipos de emergencia a decidir dónde serán necesarios centros de refrigeración, puntos de abastecimiento de agua y asistencia sanitaria pública.

La tecnología resulta más útil cuando da lugar a una decisión concreta. Un mapa de calor más preciso tiene poco valor si la ciudad no puede traducirlo en zonas de sombra, edificios más frescos, un transporte más seguro y apoyo práctico para los residentes.

La temperatura media de toda la ciudad no describe cómo es la ciudad

Las temperaturas oficiales suelen registrarse en un número limitado de estaciones meteorológicas en condiciones normalizadas. Esto proporciona una medición regional fiable, pero no refleja lo que siente una persona mientras espera junto a una carretera de seis carriles, cruza una plaza sin sombra o duerme en un piso mal ventilado.

La configuración urbana influye en la exposición al calor. Los edificios muy juntos pueden limitar la circulación del aire, mientras que el hormigón y el asfalto absorben la energía solar y la liberan lentamente. Los tejados oscuros alcanzan temperaturas considerablemente más altas que las superficies reflectantes. Los parques, los árboles y el suelo sin cubrir aportan frescor gracias a la sombra y a la evaporación, pero sus beneficios disminuyen cuando la vegetación no se cuida adecuadamente o carece de agua.

El resultado es un mosaico de climas locales. Dos barrios situados a solo unos kilómetros de distancia pueden registrar temperaturas, velocidades de enfriamiento y riesgos para la salud diferentes durante la misma ola de calor. Las condiciones nocturnas son especialmente importantes, ya que el cuerpo humano necesita un periodo de descanso. Un barrio que sigue siendo caluroso tras la puesta de sol puede resultar más peligroso que otro que alcance una temperatura máxima diurna más elevada, pero que se enfríe rápidamente por la noche.

Los mapas térmicos digitales permiten visualizar esas diferencias. Las observaciones por satélite ofrecen una amplia cobertura, mientras que los sensores instalados en edificios, infraestructuras de transporte y mobiliario urbano pueden registrar las condiciones locales a intervalos más cortos. Las mediciones móviles recopiladas desde vehículos o bicicletas añaden otra perspectiva, mostrando cómo varía la temperatura a lo largo de las rutas, en lugar de en puntos fijos.

Ninguna fuente por sí sola ofrece una visión completa. Los datos de satélite pueden mostrar la temperatura de la superficie, en lugar de la temperatura del aire que perciben los residentes. Un sensor terrestre ofrece mayor detalle a nivel local, pero solo refleja su entorno inmediato. Las ciudades obtienen una visión más completa cuando se combinan varios tipos de datos.

Los sensores convierten el calor en una señal operativa

Un sensor de temperatura solo resulta útil cuando sus datos llegan a alguien capaz de actuar. Los ayuntamientos están empezando a conectar los sistemas locales de control de la temperatura con los servicios de salud pública, las empresas de transporte, los colegios, los administradores de edificios y los equipos de emergencia.

Una red puede indicar que una plaza concreta alcanza temperaturas peligrosamente altas todas las tardes, que un edificio escolar no se enfría durante la noche o que un corredor de tranvía alcanza temperaturas que pueden provocar averías en los equipos. La ciudad puede responder modificando los horarios de apertura, instalando sistemas de sombra temporales, inspeccionando las infraestructuras o derivando a los residentes vulnerables a un centro de refrigeración cercano.

La información en tiempo real también ayuda a evitar respuestas a escala municipal que resultan costosas y poco específicas. No todos los espacios públicos, vías y edificios requieren la misma intervención en el mismo momento. Una alerta por calor puede centrarse en los barrios en los que se solapan la exposición y la vulnerabilidad, en lugar de tratar todo el municipio como una zona homogénea.

La ubicación de los sensores es importante. Una red concentrada en barrios acomodados o céntricos puede ofrecer una imagen detallada de los lugares que ya reciben la mayor parte de la inversión, mientras que pasa por alto los barrios periféricos con viviendas más antiguas y menos espacios verdes. Los dispositivos colocados a demasiada altura, demasiado cerca de las salidas de aire de los aparatos de aire acondicionado o en lugares permanentemente a la sombra también pueden dar lugar a resultados engañosos.

Por lo tanto, el sistema debe tener un objetivo claro antes de instalar los equipos. Una red diseñada para estudiar el clima regional se rige por normas diferentes a las de una destinada a proteger a los escolares, mantener las vías férreas o gestionar a los trabajadores al aire libre. Las ciudades deben decidir qué cuestión operativa deben resolver los datos y colocar los sensores en consecuencia.

Los satélites muestran dónde se acumula el calor

Las imágenes por satélite permiten a las ciudades comparar las condiciones térmicas en toda una zona urbana, incluidos los tejados privados, los terrenos industriales y los espacios que quedan fuera del alcance de las redes de sensores municipales. Las observaciones repetidas pueden revelar si la exposición al calor está empeorando a medida que se expande el desarrollo urbanístico o si está mejorando tras la puesta en marcha de un programa de refrigeración.

La inteligencia artificial puede ayudar a clasificar tejados, edificios, árboles, carreteras y otras superficies a partir de imágenes satelitales y aéreas. Una ciudad puede calcular dónde una mayor cobertura vegetal podría producir el mayor efecto de refrigeración, identificar tejados de gran superficie aptos para materiales reflectantes y evaluar qué barrios tienen menor acceso a la sombra.

La información resulta más útil cuando se combina con datos sobre la edad, la salud, la calidad de la vivienda y el acceso a los servicios públicos. Una zona industrial muy activa con pocos residentes presenta un riesgo diferente al de un barrio residencial en el que haya residencias de ancianos, colegios y hogares que no puedan permitirse sistemas de refrigeración mecánica. El mapa debería revelar no solo dónde son altas las temperaturas, sino también dónde es probable que las altas temperaturas causen el mayor daño.

El peligro es que una imagen térmica visualmente impresionante se convierta en el producto final. Los mapas son fáciles de publicar, pero difíciles de traducir en presupuestos. El ayuntamiento aún tiene que decidir quién plantará y cuidará los árboles, qué tejados se pueden modificar, si se exigirá a los propietarios que mejoren los edificios y cómo se distribuirá la escasa inversión pública.

La teledetección permite identificar el problema. La política municipal determina si se produce algún cambio sobre el terreno.

Los gemelos digitales permiten a las ciudades probar los sistemas de refrigeración antes de construirlos

Un gemelo digital es una representación virtual de un entorno físico que puede combinar datos sobre edificios, calles, vegetación, condiciones meteorológicas, transporte y energía. En lo que respecta al calor urbano, su mayor valor reside en la posibilidad de simular distintos escenarios antes de invertir dinero en la construcción.

Los urbanistas pueden simular qué podría ocurrir si se plantaran más árboles en una plaza, si se sustituyera el firme de una calle por un material más claro o si los nuevos edificios alteraran la circulación del aire en un barrio. Pueden comparar distintos tipos de sombra, analizar cómo afecta una obra a las calles colindantes y evaluar si una intervención genera un enfriamiento durante el día, al tiempo que reduce involuntariamente la ventilación por la noche.

El trabajo de Singapur en torno a un «gemelo climático urbano digital» ilustra esta ambición. En lugar de tratar el calor como una simple capa más en un mapa de planificación, el modelo analiza la relación entre la forma de los edificios, la vegetación, el transporte, el consumo energético y el clima local. En otros lugares están surgiendo enfoques similares, a medida que las ciudades tratan de comprender cómo los proyectos individuales afectan al entorno térmico en su conjunto.

Estos modelos no deben confundirse con predicciones precisas. El clima urbano se ve influido por las condiciones meteorológicas, el comportamiento humano, los materiales de construcción y una serie de supuestos que pueden variar. Un gemelo digital permite comparar los posibles resultados de forma más sistemática, pero no puede garantizar una reducción exacta de la temperatura con veinte años de antelación.

Su valor radica en evitar decisiones que sean claramente erróneas. Si un proyecto de diseño implica la tala de árboles maduros, aumenta la superficie pavimentada y bloquea una importante vía de ventilación, las consecuencias pueden analizarse antes de su aprobación, en lugar de descubrirse una vez finalizada la obra. La modelización digital también puede mostrar si una intervención de gran repercusión beneficia al barrio circundante o solo a una pequeña zona de la ciudad que ya goza de buenas condiciones de vida.

La IA puede predecir el riesgo con mayor precisión que una advertencia general

Las alertas de calor tradicionales suelen activarse cuando las temperaturas previstas superan un umbral definido. Los sistemas más avanzados pueden combinar las previsiones meteorológicas con las características de los edificios, la vulnerabilidad de la población, los patrones locales de temperatura y los datos históricos sobre salud.

Esto permite a una ciudad prever dónde podrían aumentar las llamadas de emergencia, qué centros asistenciales necesitan apoyo adicional y si es probable que se produzcan interrupciones en determinadas líneas de transporte público. La alerta es más específica que una indicación general de permanecer en casa y beber agua.

La inteligencia artificial también puede detectar patrones en el rendimiento de las infraestructuras. Las vías férreas se dilatan, el firme de las carreteras se ablanda y los equipos eléctricos funcionan sometidos a una mayor carga durante los periodos de calor prolongado. Los sensores y los datos de inspección pueden ayudar a los operadores a identificar los activos que se acercan a condiciones inseguras, lo que permite a los equipos de mantenimiento intervenir antes de que se produzca un fallo visible.

Las autoridades europeas de transporte ya están combinando el uso de drones, la vigilancia térmica y los sistemas predictivos con medidas físicas básicas, como los recubrimientos reflectantes. Esta combinación resulta muy instructiva. La inteligencia artificial puede identificar los puntos en los que es más probable que se deforme una vía férrea, pero la respuesta puede seguir consistiendo en pintar la vía de blanco, modificar las velocidades de circulación o sustituir materiales diseñados para un clima anterior.

La inteligencia digital no hace que la ingeniería convencional quede obsoleta. Ayuda a orientar los limitados recursos de ingeniería hacia los activos más expuestos.

Las rutas de refrigeración pueden cambiar la forma en que se desplazan las personas

A menudo se habla de la resiliencia frente al calor en el contexto de los edificios y los espacios públicos, pero el trayecto entre ambos puede determinar si los residentes pueden acceder a los servicios esenciales de forma segura.

Un parque con sombra resulta menos útil para un residente de edad avanzada si para llegar a él hay que cruzar varias calles sin sombra. Es posible que, según el mapa, haya un centro de refrigerio a poca distancia a pie, pero que resulte inaccesible durante las horas de mayor calor del día. La planificación digital de rutas puede tener en cuenta la sombra, la cobertura arbórea, el acceso al agua, la altitud y la hora en la que cada calle recibe luz solar directa.

Una aplicación de navegación convencional suele seleccionar la ruta más rápida. Una versión que tenga en cuenta las condiciones de calor podría recomendar un recorrido ligeramente más largo por calles con sombra, galerías comerciales o edificios públicos. Esa misma información puede ayudar a las ciudades a identificar las conexiones que faltan entre las zonas de refugio.

Estas rutas deben revisarse continuamente. Las obras pueden eliminar la sombra, pueden perderse árboles y las barreras temporales pueden desviar a los peatones hacia zonas más calientes. El modelo también debe tener en cuenta a los diferentes usuarios. Una persona sana que se desplaza al trabajo y una persona con movilidad reducida no perciben la misma distancia ni la misma carga térmica.

La tecnología cobra valor cuando influye en la red física. Si miles de desplazamientos dependen de un corredor sin sombra, la ciudad ha identificado una prioridad en materia de árboles, marquesinas, bancos y agua potable, en lugar de considerarlo simplemente un inconveniente del planificador de rutas.

Los centros de refrigeración deben gestionarse como una red

Las bibliotecas, los colegios, los centros comunitarios, los museos y otros edificios públicos pueden convertirse en refugios climáticos durante las olas de calor extremo. Las herramientas digitales ayudan a las ciudades a identificar qué instalaciones están abiertas, si son accesibles, a cuántas personas pueden acoger y qué barrios siguen sin contar con servicios suficientes.

Barcelona ha desarrollado una amplia red de refugios climáticos repartidos por edificios públicos y espacios al aire libre. El reto operativo no consiste simplemente en enumerar sus direcciones. Los residentes necesitan información actualizada sobre los horarios de apertura, los servicios disponibles, la accesibilidad y la ruta más segura desde su domicilio.

La información sobre la ocupación puede ayudar a evitar que un centro se sature mientras que otro permanece infrautilizado. Los datos sobre el transporte público pueden indicar si las rutas habituales siguen siendo viables durante una ola de calor. Un sistema de alertas puede orientar a los residentes hacia el lugar adecuado más cercano, en lugar de enviar a toda la ciudad el mismo mensaje genérico.

Una plataforma digital no puede resolver las barreras sociales que impiden a las personas utilizar las instalaciones. Es posible que algunos residentes no se consideren a sí mismos en situación de vulnerabilidad, mientras que otros pueden mostrarse reacios a dejar a sus mascotas, sus hogares o a familiares a su cargo. No se puede esperar que las personas que carecen de teléfonos inteligentes o de un acceso fiable a Internet sepan manejar una aplicación en una situación de emergencia.

Las ciudades siguen necesitando asistencia telefónica, trabajo de calle, señalización clara y colaboraciones con organizaciones locales. La coordinación digital refuerza la red, pero el contacto humano de confianza suele ser determinante para que los residentes más vulnerables puedan acceder a ella.

Los datos de salud pública pueden revelar quiénes no se recuperan por la noche

El riesgo de calor depende de la exposición, el estado de salud y la capacidad de adaptación. Las personas mayores, los niños pequeños, los trabajadores al aire libre y las personas con enfermedades cardiovasculares o respiratorias pueden correr un mayor peligro. Las viviendas mal aisladas, los pisos situados en las plantas superiores y la falta de sistemas de refrigeración mecánica aumentan aún más el riesgo.

La temperatura nocturna merece una atención especial. Cuando las viviendas siguen estando calientes, el cuerpo no puede recuperarse de la exposición al calor durante el día. El sueño se ve alterado, las afecciones médicas preexistentes pueden empeorar y el peligro se acumula a lo largo de varios días consecutivos.

Las ciudades pueden combinar los datos de temperatura con información anonimizada sobre salud pública y vivienda para identificar las zonas en las que es probable que las olas de calor prolongadas tengan las consecuencias más graves. Los servicios de emergencia pueden prepararse para un aumento de la demanda, los proveedores de asistencia pueden hacer un seguimiento de los usuarios vulnerables y los departamentos de vivienda pueden dar prioridad a las intervenciones en los edificios.

El uso de datos sanitarios y demográficos debe realizarse con moderación. La vulnerabilidad al calor no debe convertirse en un pretexto para crear perfiles intrusivos de los residentes a título individual. El análisis agregado a nivel de barrio suele ser suficiente para la planificación, mientras que la intervención directa debe regirse por normas jurídicas y éticas claras.

Un modelo de riesgo sofisticado no sirve de nada si los residentes ya no confían en la autoridad que recopila la información.

Los edificios se están incorporando al sistema de alertas por calor

El plan de calefacción pública de una ciudad puede resultar ineficaz en el interior de los edificios privados. Las temperaturas exteriores pueden bajar por la noche, mientras que los pisos con mala ventilación siguen calentándose. Las oficinas, los colegios y los centros asistenciales también pueden retener el calor mucho tiempo después de que cambie el tiempo.

Los sensores instalados en los edificios pueden controlar la temperatura interior, la humedad y la calidad del aire, lo que permite a los responsables de las instalaciones detectar con mayor antelación si las condiciones están llegando a ser peligrosas. Es posible comparar grandes carteras inmobiliarias para identificar qué edificios se sobrecalientan repetidamente y qué reformas han supuesto una mejora cuantificable.

Los datos pueden servir de base para introducir cambios prácticos antes de que sea posible llevar a cabo una reconstrucción a gran escala. El sombreado exterior, la ventilación nocturna, los tejados reflectantes, la adaptación de los horarios de funcionamiento y un mejor control de las fuentes de calor internas pueden reducir la exposición. Los sistemas digitales pueden automatizar el funcionamiento de las persianas, la ventilación y la refrigeración en función de las condiciones interiores y exteriores, en lugar de mantener los equipos en funcionamiento de forma continua.

La automatización sigue necesitando medidas de seguridad. Abrir las ventanas por la noche no es adecuado cuando la seguridad, el ruido o la contaminación atmosférica suponen un riesgo adicional. Un sistema optimizado únicamente para la eficiencia energética puede permitir temperaturas interiores inadecuadas para los ocupantes vulnerables. El control del edificio debe reflejar el uso real que se da al espacio.

Por lo tanto, la resiliencia frente al calor forma parte de la gestión inmobiliaria, y no solo de la respuesta ante emergencias. Un edificio que se sobrecalienta cada verano debe considerarse un activo que requiere una intervención, y no un inconveniente temporal que se soluciona con ventiladores portátiles.

La tecnología puede mejorar la plantación de árboles, pero no puede regar un árbol

Los árboles siguen siendo una de las formas más eficaces de refrescar el entorno urbano. La cartografía digital permite identificar zonas con escasa cobertura arbórea, simular la sombra futura y ayudar a los urbanistas a seleccionar ubicaciones en las que la plantación beneficie tanto a los peatones como a los edificios.

El reto surge tras el anuncio. Los árboles jóvenes necesitan agua, un suelo adecuado y protección durante las obras. Los sensores pueden controlar la humedad del suelo y dirigir el riego hacia la vegetación que presenta signos de estrés, lo que reduce el riego innecesario y permite detectar fallos de forma precoz.

Esto resulta especialmente útil durante las épocas de sequía, cuando las ciudades deben encontrar un equilibrio entre las necesidades de refrigeración y los limitados recursos hídricos. Un sistema basado en datos puede dar prioridad a los árboles que proporcionan sombra en zonas de alto riesgo, en lugar de aplicar el mismo programa de riego en toda la ciudad.

La tecnología no puede compensar el uso de especies inadecuadas, un espacio radicular insuficiente o un presupuesto de mantenimiento que se agota tras la plantación. Un objetivo de número de árboles puede parecer un éxito, mientras que la cobertura del dosel va disminuyendo debido a que se talan árboles maduros y los que los sustituyen no logran sobrevivir.

Lo que realmente importa no es cuántos árboles se plantaron, sino cuánta sombra saludable hay años después en los lugares donde la gente la necesita.

Los datos sobre las olas de calor pueden poner de manifiesto la desigualdad urbana

Los barrios más calurosos suelen ser aquellos con menos vegetación, más tráfico, una mayor densidad de viviendas y menos recursos privados para la adaptación. Los mapas digitales de calor pueden hacer que este desequilibrio resulte difícil de ignorar.

Esa visibilidad puede mejorar las decisiones de inversión. En lugar de distribuir los proyectos de refrigeración de manera uniforme entre los distintos distritos, las ciudades pueden dar prioridad a aquellas zonas en las que la elevada exposición se solapa con condiciones de vivienda precarias, poblaciones vulnerables y un acceso limitado a los espacios verdes.

También puede generar conflictos. El valor de los inmuebles puede aumentar cuando un barrio cuenta con árboles, parques y espacios públicos más frescos, lo que incrementa el riesgo de que los residentes actuales se vean desplazados antes de poder disfrutar plenamente de los beneficios. La adaptación al cambio climático sin una política de vivienda puede mejorar el entorno físico, pero debilitar la resiliencia social.

Por lo tanto, las ciudades deberían analizar quién se beneficia a largo plazo. Es posible que las inversiones en medidas de refrigeración deban ir acompañadas de medidas de protección de los inquilinos, viviendas asequibles y apoyo a las pequeñas empresas locales. El objetivo no es simplemente reducir la temperatura media urbana, sino reducir la exposición de las personas menos capaces de evitarla.

La media de toda la ciudad puede mejorar, mientras que las calles más vulnerables siguen alcanzando temperaturas peligrosamente altas.

El panel de control no es la defensa

La tecnología térmica es propensa al mismo error que se observa en los programas de ciudades inteligentes: medir la actividad en lugar de cambiar los resultados. Una ciudad puede instalar sensores, publicar mapas y lanzar una aplicación sin que ello reduzca la exposición en ni un solo hogar, colegio o calle.

Un sistema útil debería vincular los datos con las autoridades y el presupuesto. Cuando un sensor detecta que una escuela tiene una temperatura excesiva, alguien debe encargarse de inspeccionarla. Cuando el modelo señala una ruta peatonal de alto riesgo, este dato debería incorporarse al programa de obras públicas. Cuando un centro de refrigeración alcanza repetidamente su capacidad máxima, la ciudad necesita un plan para disponer de espacio adicional.

El rendimiento debería medirse a través de resultados como la reducción de las temperaturas en el interior, la mejora de la supervivencia de la cubierta vegetal, una gestión más segura del transporte y un mejor acceso a la refrigeración. El número de sensores y de consultas al panel de control solo revela si la tecnología existe, no si la ciudad se ha vuelto más resiliente.

Las herramientas digitales también requieren mantenimiento. Los sensores se desvían, las redes de comunicación fallan y los modelos quedan obsoletos a medida que cambian los edificios y los barrios. Una plataforma de control de la calefacción creada para un mandato político necesita un compromiso a largo plazo si se pretende que proteja a los residentes durante la próxima década.

La mejor tecnología térmica da lugar a un cambio físico

Las ciudades no pueden resolver el problema del calor extremo mediante la digitalización. Sin embargo, pueden utilizar los sistemas digitales para comprenderlo con mayor exactitud, reaccionar antes y destinar los presupuestos de adaptación con mayor precisión.

Las imágenes por satélite muestran dónde se acumula el calor. Los sensores locales revelan cómo cambian las condiciones a lo largo del día. Los gemelos digitales evalúan el posible impacto de futuros proyectos. La inteligencia artificial ayuda a predecir los riesgos para la salud y las infraestructuras, mientras que las plataformas de planificación de rutas y de refugios guían a los residentes hacia lugares más seguros.

El objetivo de cada herramienta es mejorar una decisión fuera de la pantalla.

Se instala una zona de sombra en una calle porque los datos revelaron una exposición repetida al sol. Se renueva el tejado de un colegio porque las temperaturas en el interior seguían siendo peligrosas durante la noche. Se inspecciona una línea de ferrocarril antes de la próxima ola de calor. Se abre un centro de refrigeración en un barrio que antes no contaba con ningún refugio accesible.

Por lo tanto, la defensa digital es solo la primera capa. La verdadera protección se construye a partir de árboles, edificios, agua, materiales, sistemas de transporte y servicios públicos, organizados en función de lo que la ciudad ha aprendido.

La temperatura se puede supervisar en tiempo real. Aún hay que desarrollar la resiliencia.